Hace unos años, cuando salía de un parque infantil, mi hija -que apenas tenía tres años- se soltó de mi mano y echó a correr queriendo ser la primera en cruzar la calle. Justo en el momento en que iba a poner el pie en el asfalto un vehículo frenó en seco para evitar atropellarle.
Agarré a mi hija de la mano de nuevo y me dirigí a la conductora del coche queriendo expresarle mi gratitud por su rápida reacción frenando su vehículo.
El vehículo lo conducía una joven y a su lado, de copiloto, iba una señora que parecía ser su madre; la joven pareció entender mi gesto pero la señora mayor me miró de tal manera que "si aquella mirada hubiera llevado puñales me habría acribillado y roto en mil pedazos".
El vehículo lo conducía una joven y a su lado, de copiloto, iba una señora que parecía ser su madre; la joven pareció entender mi gesto pero la señora mayor me miró de tal manera que "si aquella mirada hubiera llevado puñales me habría acribillado y roto en mil pedazos".






