Por
ejemplo, llevan años y años diciéndonos que las grasas saturadas y el
colesterol son veneno cuando, en realidad, no existen pruebas de que sean tan
malos para la salud como pretenden hacernos creer. frdo
Estos
son los seis mayores mitos, mentiras y prejuicios sobre las grasas saturadas y
el colesterol.
En los
años 60 y 70, científicos de alto nivel creyeron haber identificado a las
grandes culpables de las enfermedades del corazón: las grasas saturadas, que
aumentan el nivel del colesterol “malo” en la sangre. Esta idea fue la piedra
angular de una dieta pobre en lípidos (es decir, en grasas) y rica en cereales.
Por
culpa de malos estudios científicos y decisiones políticas desafortunadas, en
1977 se recomendó esta dieta a los norteamericanos y posteriormente todos los
países occidentales siguieron el ejemplo de Estados Unidos. Todos los ciudadanos
de los países industrializados, enfermos o no, se convencieron de que tenían
que aumentar su consumo de cereales integrales y disminuir el de grasas, sobre
todo grasas animales (mantequilla, nata, huevos, manteca de cerdo, carne
grasa…).
Fue el
mayor experimento a gran escala jamás realizado sobre alimentación, tuvo unos
resultados, cómo decirlo… absolutamente desastrosos. Y lo peor es que no han
dejado de empeorar. Los niveles de obesidad, diabetes y enfermedades del corazón baten cada año un nuevo récord.
Esta
pandemia comenzó prácticamente desde el mismo momento en el que las autoridades
sanitarias de todos los países empezaron a recomendar a la población que
disminuyese el consumo de lípidos y aumentase el de cereales integrales.
No todo
era mentira en estas recomendaciones. De hecho, es mejor consumir cereales integrales que cereales refinados (harina blanca), de igual modo que son
perjudiciales para la salud los fritos y las grasas vegetales cocinadas a altas temperaturas, ya que éstas desnaturalizan su estructura química, volviéndolas
tóxicas.
Sin
embargo, la forma de poner en práctica estas recomendaciones a gran escala fue
un auténtico desastre. La gente empezó a sustituir los productos sanos y ricos
en grasas buenas (huevos, pescado graso, vísceras, mantequilla, carne de
animales criados a la manera tradicional…) por productos light, azucarados y
alimentos industriales transformados.
Muchas
personas creían estar comiendo de manera saludable, dado que no incluían
grasas, pero precisamente no tomarlas les hacía estar siempre hambrientos, lo
cual implicó que aumentase de manera considerable el picar entre horas.
Los
supermercados y estaciones de servicio se transformaron en centros de
distribución masiva de golosinas, pasteles, galletas, chocolatinas, barritas de
cereales de todo tipo, patatas fritas, galletas saladas y bebidas azucaradas
que pasaron a ser habituales para una gran parte de la población, cuando no su
única manera de alimentarse.
Y en
cualquier caso hubo que esperar hasta comienzos del siglo XXI para que la dieta
pobre en lípidos y rica en cereales fuera sometida de verdad al estudio
científico, mediante uno de los mayores ensayos controlados de la historia de
la nutrición, el Women's Health Initiative, con un presupuesto de 625 millones
de dólares.
En este
estudio se dividió en dos grupos a 48.835 mujeres que estaban en la menopausia.
El primer grupo tuvo que limitarse a una dieta pobre en lípidos (con cereales
integrales, etc.), mientras que el otro pudo seguir comiendo como siempre.
Al cabo
de ocho años, las mujeres que habían seguido la dieta pobre en lípidos sólo
pesaban de media 400 gramos menos que las demás, por lo que la reducción de
peso fue mínima. Además, no se observó que hubiese disminuido en ellas el
riesgo de enfermedad cardiovascular ni el de cáncer.
Otros
estudios de gran magnitud confirmaron que seguir una dieta pobre en lípidos no
suponía ninguna ventaja para la salud.
Y eso
no es todo. Según los estudios científicos, la dieta recomendada por la mayoría
de autoridades sanitarias no sólo es inútil, sino que incluso sería perjudicial
para la salud. De hecho, en numerosos estudios realizados aumentaron los
factores de riesgo cardiovascular y el nivel de triglicéridos, unas grasas cuya
función patológica en la génesis de enfermedades del corazón es reconocida
unánimemente.
Pero, a
pesar de estos penosos resultados, la mayoría de los nutricionistas de todo el
mundo siguen recomendando a sus pacientes una dieta pobre en lípidos que les
perjudica más de lo que les ayuda.
Mentira
nº 2: Los alimentos ricos en colesterol (como los huevos) son malos.
Los
profesionales de la nutrición han tenido un gran éxito en su demonización de
alimentos perfectamente saludables. El peor ejemplo es probablemente el de los
huevos, que sin embargo se encuentran entre los mejores alimentos que puede
haber.
Piénselo
un momento: los nutrientes presentes en un huevo son suficientes por sí solos
para transformar una sola célula fecundada en un pollito, con sus huesos, ojos,
plumas, pico, sangre y ¡un corazón que late!. Y no se trata de un pollito obeso
y con problemas cardíacos y las arterias obstruidas, sino que está
perfectamente sano y lleno de energía.
Sin
embargo, como la yema de huevo contiene mucho colesterol, se pensó que provocaba
enfermedades cardiovasculares. Pero los estudios demuestran en realidad que el
colesterol alimentario no hace que el nivel total de colesterol en la sangre
aumente, y el consumo de huevos jamás se ha asociado con un mayor riesgo de
enfermedad del corazón.
Al
revés, los huevos están llenos de vitaminas, minerales, proteínas buenas,
antioxidantes y nutrientes importantes para el cerebro (colina) y los ojos. Los
mejores nutrientes se encuentran en la yema, pero la clara también es
excelente: es la fuente de proteínas más completa que existe.
Contar
a la gente que debe evitar la yema de huevo es una de las fábulas más ridículas
de la historia de la nutrición.
Mentira
nº 3: Siempre viene bien disminuir el nivel de colesterol.
El
mayor error de la medicina moderna ha sido, probablemente, centrarse en el
“colesterol total” y en una de sus fracciones, la conocida como LDL o
“colesterol malo” (LDL, del inglés Low Density Lipoproteins, se refiere al
colesterol vehiculado en proteínas de baja densidad), como indicadores del
riesgo de infarto.
Lo
cierto es que la asociación entre niveles altos de colesterol y enfermedades
coronarias presenta muchos aspectos contradictorios y a veces poco
concluyentes.
Los
grandes estudios epidemiológicos de Framinghan, Seven Country Study y MRFIT así
lo han confirmado una y otra vez.
Todos
los estudios a favor de los medicamentos anticolesterol (Estudio 4S, Seven
Country Study y el del CTSU de Oxford) se publicaron antes de 2004 o, dicho de
otra manera, antes del escándalo de Vioxx (el antiinflamatorio que debió
retirarse a toda prisa del mercado tras causar en todo el mundo unas 30.000
muertes y problemas cardíacos). Unos análisis independientes demostraron que
sus resultados habían sido falsificados.
Desde
entonces, la industria farmacéutica y la investigación médica están mucho más
vigiladas, y ningún estudio ha logrado demostrar la eficacia de los
medicamentos contra el colesterol para reducir la mortalidad.
Pero
hay tantos intereses financieros en torno a estos medicamentos que las
autoridades sanitarias permanecen calladas respecto a este tema. Y muchos
médicos siguen recetando a sus pacientes medicamentos contra el colesterol
¡como si no pasara nada!.
Ahora
bien, el colesterol es una molécula fundamental para la vida. Es el origen de
un número incalculable de funciones biológicas. Es imprescindible para el buen
funcionamiento de las células de los músculos, neuronas, corazón, cerebro y
digestión. Sin ella no se produciría ninguna comunicación entre las células. Y
es también responsable de las hormonas sexuales, del estrés, la reproducción y
de la tan valiosa vitamina D.
Alterar
el metabolismo del colesterol con medicamentos es en realidad jugar a ser
aprendiz de brujo, puesto que reducir el colesterol de forma artificial puede
resultar peligroso.
Lo
vemos en los síndromes de déficit genéticos en donde sus niveles de 0,1 a 1,3
g/l se acompañan de muerte fetal, graves deformaciones en la cara y las
extremidades y microcefalias que a menudo resultan mortales antes de los dos
años de edad, así como -y sobre todo- problemas inmunitarios. Esta es una de
las razones por la que las estatinas implican una serie de complicaciones,
sobre todo musculares, neurológicas, psicológicas y sexuales, y están
prohibidas en mujeres que pudieran estar embarazadas.
De
igual manera, no existe el colesterol bueno o malo; es un mito. Lo que se mide
no es el colesterol, sino quién lo transporta: las lipoproteínas de baja densidad o LDL transportan el colesterol desde el hígado, en donde se fabrica,
hasta los tejidos que lo necesitan, y las HDL (del inglés High Density
Lipoproteins, lipoproteínas de alta intensidad, las consideradas “colesterol
bueno”) transportan el colesterol después de que haya sido utilizado por los
tejidos hasta el hígado, que es la central de fabricación y reciclaje del
colesterol.
Mentira
nº 4: Los aceites vegetales son mejores para la salud.
Por
alguna extraña razón, los aceites vegetales son percibidos de forma general
como buenos para la salud. La imagen de una mazorca de maíz, una flor de
girasol, germen de trigo o pepitas de uva se asocia en la mente de muchas
personas con algo natural, vegetal y, por tanto, bueno.
Sin
embargo, hace falta saber que el ser humano comenzó a consumir esta clase de
aceites hace muy poco, unos 100 años atrás. Antiguamente la técnica no permitía
producirlos para el consumo humano.
El
girasol originario de América se utilizaba en los tintes. Hasta finales del
siglo XIX no se empezó a cultivar para la elaboración de aceite comestible.
Con
respecto al aceite de maíz… ¿alguna vez se ha preguntado usted cuál es el
milagro que permite elaborar aceite a partir de maíz?. No fue hasta hace muy
poco cuando a alguien se le ocurrió intentar hacerlo. Y hay que reconocer que
no era nada evidente.
El
proceso es el siguiente (y perdone que me extienda sobre un tema tan técnico,
pero debemos conocerlo; es una cuestión de cultura general):
Para
fabricar aceite de maíz en primer lugar se aplastan los granos a una presión
muy alta, lo que filtra un líquido que contiene una grasa. Para extraerla se
utiliza un disolvente, el hexano ó 2-metilpentano. A continuación, el
disolvente se evapora, se recupera y se vuelve a utilizar. Después de la
extracción, el aceite de maíz se refina para eliminar las gomas o mucílagos (de
ahí el término de “desgomado”) y sigue un tratamiento alcalino con el fin de
eliminar los fosfátidos. Este tratamiento neutraliza los ácidos grasos libres y
permite eliminar el color del aceite (blanqueado).
Tras
esto se inicia el proceso de hibernación, que consiste en retirar las ceras y
triglicéridos con el fin de obtener un aceite transparente. Por último, se
procede a la desodorización del aceite por destilación al vapor a 232-260º C a
muy baja presión.
Esta es
la manera de conseguir el aceite embotellado que se vende en el supermercado.
Ahora ya entiende por qué nuestros bisabuelos no habían visto nunca, y menos
aún probado, el aceite de maíz. ¡Si ni siquiera se imaginaban que fuese posible
elaborar aceite a partir de el maíz!.
Sin
embargo, el proceso de transformación del aceite vegetal puede continuar en la
fábrica. De hecho, este aceite refinado ahora se puede modificar, y eso es lo
que ocurre en general cuando se elabora la margarina o cuando entra a formar
parte de la composición de galletas, pasteles y alimentos industriales de todo
tipo. Los aceites se pueden fraccionar, hidrogenar e interesterificar.
Para el
resto de aceites vegetales aparte del maíz se producen estos mismos procesos de
transformación (aceite de germen de trigo, semillas de uva, soja, cártamo…). Es
necesario saber que ninguno de estos productos existiría sin la industria ni la
química.
En
cambio, al hombre se le ocurrió ya hace mucho tiempo la idea de prensar olivas,
nueces, coco y, por supuesto, utilizar la grasa animal: desde la de foca a la
de pato pasando por la de cordero, ternera, cerdo, ballena y pescado de aguas
frías. Estas grasas, naturales de verdad, llevan siendo una pieza angular de la
alimentación humana desde tiempos inmemoriales. Hasta el aceite de colza se
puede obtener por prensado en un sencillo molino tradicional. Y lleva
existiendo varios miles de años (probablemente desde el 1500 a.C.).
Falta
saber cómo consiguieron esos pequeños “genios” de la nutrición convencer al
gran público, en los años 60 y 70, de que debía abandonar estas grasas y optar
por aceites vegetales industriales, símbolo de la modernidad y el avance
técnico y que supuestamente también resultaban ser los mejores para la salud.
En realidad,
se trataba básicamente de que la producción de estos aceites era mucho más
barata. Por desgracia, nuestra generación ha vivido rápidamente las
consecuencias. El consumo excesivo de ácidos poliinsaturados omega 6, sobre
todo cuando su proporción respecto a los omega 3 es inadecuada, favorece el
fenómeno inflamatorio. Esto ha aumentado exponencialmente la prevalencia de las
enfermedades cardiovasculares, que en los últimos tiempos se han convertido en
una verdadera epidemia.
Ironías
del destino, estos aceites vegetales se siguen recomendando para tratar las
enfermedades cardiovasculares, mientras numerosos estudios demuestran que en
realidad aumentan su riesgo.
Mentira
nº 5: Las grasas saturadas y las llamadas grasas trans son lo mismo.
Los
ácidos grasos trans son ácidos grasos insaturados (los aceites vegetales,
por ejemplo) que han sido modificados químicamente por hidrogenación para
convertirse en sólidos y ampliar así su período de conservación. También se
conocen con el nombre de ácidos grasos parcialmente hidrogenados.
El
proceso de elaboración es repugnante. Implica una presión alta, una temperatura
muy elevada, una catalizador metálico y gas hidrogenado. Además, su fabricación
incluye por lo general los aceites vegetales de peor calidad. Es asombroso que
exista gente que haya podido imaginarse que los ácidos grasos trans eran buenos
para el consumo humano.
Para
crear confusión, a menudo las grasas saturadas y las grasas trans se agrupan
bajo el término genérico de “grasas malas”. Pero, como hemos visto
anteriormente, las grasas saturadas son totalmente inofensivas y no tienen nada
que ver con las grasas trans.
Las
grasas trans son sumamente tóxicas, aumentan la resistencia a la insulina,
favorecen la inflamación y aumentan de manera significativa el riesgo de sufrir
dolencias graves, como por ejemplo enfermedades cardiovasculares y cáncer. Hoy
en día están prohibidas en Europa, pero los aceites hidrogenados sin ácidosgrasos trans se siguen comercializando.
Por su
salud, consuma mantequilla, carne, aceite de coco y sobre todo aceite de oliva
virgen extra, pero evite las grasas trans como si su vida dependiera de ello
(¡y de hecho lo hace!).
Mentira
nº 6: Los productos bajos en grasa son buenos para la salud.
Las
empresas industriales del sector agroalimentario se han visto obligadas a
eliminar o reducir la parte de grasa de sus productos debido a esas absurdas
recomendaciones contra los lípidos.
Pero
hay un problema mayor: los alimentos naturales saben peor y tienen una textura
horrible cuando se les quita la grasa. La mayoría de los aromas se almacenan en
la grasa; de ahí que antiguamente los perfumes se elaborasen con aceite. Y por
eso también en los frigoríficos encontramos unos recipientes cerrados para
guardar la mantequilla; si dejamos la mantequilla junto a una cebolla o un
plátano, tomará su olor.
Para
compensar la pérdida de sabor, los fabricantes añaden azúcar a sus productos y,
para compensar la falta de textura, utilizan harinas (maicena, por ejemplo),
que son también glúcidos (azúcar). Por esta razón, la mayoría de productos
“bajos en grasa” son en realidad bombas de glúcidos muy malos para la salud.
Si en
una etiqueta lee la palabra “light” o “0% de materia grasa”, es probable que se
encuentre entonces azúcares, harinas y varios productos químicos entre los
ingredientes. Aun así, las ventas de esta clase de alimentos se han disparado
porque los nutricionistas continúan recomendándolos, aunque las alternativas
normales, no transformadas, sean mucho mejores para la salud.
Luis
Miguel Oliveirash
Artículo original: https://www.saludnutricionbienestar.com/seis-mentiras-sobre-colesterol/
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