viernes, 7 de enero de 2011

El ser humano y la naturaleza

El artículo que a continuación copio y pego no es mío, es un préstamo de un cojunto de recursos formativos recibidos en fechas pasadas y que ofrece una visión relativamente concisa pero muy ilustrativa de las ideas fundamentales que sobre el tema de la ECOLOGÍA Y MEDIO AMBIENTE nos conviene tener muy claras a todos y especialmente si tenemos en la sociedad una responsabilidad educativa.
La relación del Hombre con la Naturaleza
Ecología, tal como indica su etimología, viene del griego “oîkos” (casa) y “lógos” (tratado), es pues el tratado sobre la “casa” (hábitat) en el que se desarrolla nuestra vida. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, es “la parte de la biología que estudia las relaciones existentes entre los organismos y el medio en el que viven”. Ahora bien, como todo el mundo sabe, mientras que el animal se adapta al medio natural, el hombre lo modifica mediante la técnica para adaptarlo mejor a él. Lo malo es que no siempre las intervenciones humanas en el medio no han sido para el bien.

Si analizamos un artículo que trata sobre ecología, nos encontramos con un motón de datos, la mayoría de las veces pesimistas, que nos hacen perder el interés por la cuestión, en esta pequeña reflexión, intentaremos aclarar conceptos y dar sólo los datos imprescindibles para desarrollar el artículo.
Comencemos diciendo (sin ser pesimistas) que en 50 años, habremos creado el mayor desierto de la historia, casi todo un planeta… Si ya empezamos así ¿para qué seguir leyendo? ... Es cierto, lo cual no quiere decir que no haya medidas para suavizar la degradación medioambiental planetaria.
En el Norte del planeta cada vez se legisla más sobre el medio ambiente, las industrias incrementan, poco a poco las medidas ecológicas para ser lo menos contaminantes posibles, lo que incrementa su valor en bolsa y a la vez encarece el producto. Es fácil constatar que las medidas ecológicas tienen un alto coste y que muchos países en vías de desarrollo no pueden aplicarlas, ya que dejarían de vender los pocos productos industriales que generan (al tener que encarecer considerablemente el producto final). Conviene recordar, en este punto, el hecho denunciado por algunas ONG y movimientos ecologistas sobre la llamada deuda ecológica. Esta es la deuda que los países industrializados tienen con los que no lo están; éstos últimos están obligados, si quieren industrializarse, a hacerlo de manera más costosa, ya que desde el momento en el que empiecen deben de aplicar las medidas protectoras del medio ambiente, que todos los países aplican; conviene tener presente, que durante décadas, han suministrado a los países industrializados las materias primas, favoreciéndose del sistema colonial, que mantenía en régimen de subdesarrollo a los países generadores de materias primas.
Para muchos ecologistas, las medidas de aplicación actuales, no son adecuadas, ya que son medidas “final de tubería”; no sirven para afrontar el problema ecológico, lo parchean, la solución al problema tendría que cuestionar todo el sistema productivo actual. A menudo son soluciones que consisten en aplicar filtros, métodos de recuperación de sustancias, pero siempre al final del proceso productivo. Estas medidas son insuficientes, ya que ven que no solucionan el problema, sino que alejan un final catastrófico y que lo único que hacen es tranquilizar conciencias.
El problema es cada vez más acuciante, desde hace tres décadas, la alarma sonó hace tres décadas, cuando se descubrió que tres cosas estaban creciendo de forma exponencial, tres factores que lo agravan aún más cuando se asocian: la población, el consumo de materias primas y la contaminación de la naturaleza. El crecimiento exponencial es muy engañoso, se duplica a intervalos fijos de tiempo; al principio, si se parte de valores muy bajos, parece que crece muy lentamente; pero cuando uno quiere darse cuenta puede ser demasiado tarde para reaccionar. Es aquí donde nos sitúan los movimientos ecologistas, según ellos estamos en el punto de inflexión, o reaccionamos de forma tajante o tendremos un futuro muy negro.
Para ilustrar la situación pongamos un ejemplo, imaginemos que tenemos una piscina y en ella una planta acuática que cada día duplica su tamaño (crecimiento exponencial); la planta en cuestión, en treinta días llega a cubrir totalmente la piscina. Sabiendo estos datos, cada día podríamos eliminar parte de planta y nunca llegaría a dejarnos sin piscina. La cuestión es que nos acostumbramos a verla crecer y posponemos la solución; resulta que cuando han pasado 29 días, tenemos la mitad de la piscina llena de plantas, pero al amanecer del día trigésimo, la planta a cubierto el estanque. Sin ser alarmistas, no estamos en el día vigésimo noveno, pero ya llevamos más de 20. Los movimientos ecologistas cuestionan que o cambiamos el ritmo y la forma de vivir en el planeta o nos lo cargamos.
Siguiendo en la línea de cuestionar el sistema productivo actual, se empieza a hablar de la necesidad de una “eco-economía” que considere el sistema “economía humana” dentro del sistema “planeta Tierra”. Este planteamiento, tildado a menudo de “radical”, sería según muchos el único que siendo sostenible a largo plazo aseguraría la vida humana sobre la Tierra. Esto supone un cambio de mentalidad que mostraría a los entusiastas del sistema económico actual, las limitaciones que el mismo sistema conlleva. Limitaciones no sólo ecológicas, también de injusta distribución de la riqueza. Además, hay que analizar que el mantenimiento de este sistema conlleva un permanente conflicto entre los países desarrollados y los que no lo están, para asegurar el control de las fuentes energéticas. Pensemos en las motivaciones geoestratégicas de las últimas guerras: Afganistán, Irak, Nigeria, Chechenia...
Hasta ahora hemos dado unas breves pinceladas sobre la cuestión ecológica, desde una perspectiva intranscendente, ¿qué ocurre cuando en estas pinceladas, metemos el brochazo de Dios? ¿Qué tiene que ver el destino universal de los bienes con la ecología?. ¿Qué es más importante, salvar un ecosistema o dar comida a un hambriento?. Para muchos cristianos hablar del problema ecológico no supone ningún problema, es algo necesario, pero a la hora de afrontarlo existen otras prioridades: es más importante el hambre en el mundo, que salvar las especies en extinción o evitar la contaminación de los mares.
Priorizar es importante, pero es más importante tener una visión de futuro, podemos olvidarnos de salvar un ecosistema cuando un niño tiene hambre; pero si perdemos ese ecosistema ¿no estaremos condenando a toda una generación futura a pasar hambre?. Es un grave error el desligar la ecología de los problemas más urgentes del mal llamado tercer mundo, ya que están interconectados. Desde un pensamiento cristiano no podemos olvidar que la naturaleza y el hombre están conectados desde el principio de los tiempos, y además, sometidos el uno al otro. Cristo está presente en el comienzo de la creación, ésta se orienta a él y nos conduce a Cristo resucitado, a la máxima plenitud del hombre mismo. Si olvidamos esta unión, no construiremos al hombre nuevo, si no cuidamos de la creación, nos olvidamos de la primera responsabilidad que nos dio Dios; esto no significa un olvidarse de los hermanos necesitados, al revés, supone una preocupación más honda; podemos darles peces, enseñarles a pescar, pero si sus mares desaparecen (por nuestra culpa), ¿de que sirve nuestro afán?.
Vamos a analizar la cuestión ecología dividendo el tema en dos partes; en la primera veremos una visión general del problema ecológico, y en la segunda analizaremos la relación existente entre el hombre, la naturaleza y Dios.

PRIMERA PARTE.-
1¿Como nos preocupa el tema ecológico?.
Según las encuestas, la ecología es uno de los temas que más preocupa en muchos países occidentales. Esta preocupación no se expresa de la misma forma, en todas las capas sociales, ni siquiera hay igualdad en cuanto a regiones de un mismo país. Pongamos dos casos: un ciudadano de Madrid y un pescador de Santa Cruz de La Palma.
El ciudadano madrileño, es muy activo en cuanto a ecología, se moviliza rápido y en número, debido a su número, tiene más fuerza, es escuchado por los políticos, y el problema ecológico, ni le quita, ni le da de comer. Nos puede servir de ejemplo de cómo nacieron los primeros movimientos ecologistas; surgen en países desarrollados movilizando a un gran número de gente, ante problemas concretos que les afectaban de modo directo, pero sobre todo desde un punto de vista estético: vertederos muy próximos a los núcleos habitados, humos de fábricas cercanas, destrucción zonas verdes donde anteriormente se podía pasear....
El pescador santacrucero, no es tan activo en cuanto a ecología, pero sí observa que cada vez tiene menos peces en su red, que sus aguas cada vez tienen más residuos aceitosos, no se moviliza rápido debido a la dispersión de los puertos pesqueros, no tiene número y por tanto no tiene fuerza; conclusión: no es escuchado por los políticos. Sin embargo la preocupación ecológica que tiene, es mucho más honda y real, ve el problema como es y las implicaciones que tiene para él y para las generaciones futuras.
La cuestión ecológica no es problema nuevo para la humanidad, pero sí lo es la dimensión del problema: es mundial. Algunos autores han especulado sobre cómo los problemas ecológicos influyeron en el declive de algunas civilizaciones antiguas, en hábitats más cerrados (civilización maya, sumeria, en la isla de Pascua)... Quizá deberíamos aprender del pasado y abandonar nuestra fe ciega en la capacidad de la ciencia, para reparar las consecuencias negativas que ella misma ha creado.

1. Seis razones por las que no hacemos más por el tema ecológico:
A pesar de que en las encuestas uno de los problemas que más preocupa, es éste, lo curioso es que no corresponde la preocupación con la actuación, otros temas tienen prioridad: el desempleo, el precio de los combustibles, la seguridad ciudadana... ¿Por qué no hacemos más?.
1.- Sólo nos movilizamos ante problemas que afectan a nuestro entorno más cercano (“nuestro” río, “nuestro” barrio...) En cambio, tenemos una verdadera “miopía” ante aquellas cuestiones que no nos afectan directamente. Los medios de comunicación, hacen que no existan las distancias, que podamos vivir de cerca las situaciones de catástrofes, de desastres naturales, sequías, etc., pero tal bombardeo de imágenes trágicas, hace que nos acostumbremos a ello, provocando así una cierta insensibilización colectiva.
2.- Exceptuando algunos grandes desastres, como el de Chernobil, tenemos poca percepción del riesgo, los efectos de la degradación ambiental son lentos y en ocasiones invisibles. La gente se moviliza ante acontecimientos grandes, que tienen lugar en tiempo breve: terremotos, inundaciones; pero no ante acontecimientos pequeños en tiempo largo, por ejemplo, los efectos de las radiaciones solares por la progresiva destrucción de la capa de ozono, en el aumento de los cánceres de piel.
3.- Se tiene la impresión de que los problemas ecológicos nos superan y que no podemos hacer nada, excepto acciones puntuales, como reciclar los residuos domésticos o viajar más en transporte público. Vivimos en una cultura que transmite la idea que sólo los grandes proyectos, las grandes políticas, son las que verdaderamente pueden transformar la realidad. Sin embargo, son las pequeñas acciones las que transforman, porque surgen como respuesta de los individuos concretos ante situaciones concretas que le son próximas.
4.-Se tiene la impresión de que el discurso ecologista es exagerado, e incluso catastrofista. Incluso, a pesar de admitir el problema ecológico, son muchos los que confían en que la misma ciencia resolverá estos problemas de modo favorable; también se ha perdido la conciencia de la vulnerabilidad humana ante la naturaleza. El hombre y la mujer urbanos han perdido el referente de la naturaleza, llegando al extremo de preferir que no llueva para no tener que abrir el paraguas ni sufrir embotellamientos. Y es que, simplemente, se ha perdido la relación entre la lluvia, la producción agrícola y su bienestar.

5.- Algunos datos científicos sobre el problema ecológico pueden parecer contradictorios, esto es debido a que faltan modelos experimentales y las hipótesis que se hacen tienen en cuenta muchas variables, y muchos de los efectos son a largo plazo, por lo que son poco mesurables. Se habla de cambio climático, y de cómo aumentará la temperatura media del planeta provocando la desertización de amplias zonas del Sur de Europa. Sin embargo, al mismo tiempo nos encontramos con la hipótesis de que la temperatura de Europa puede disminuir como consecuencia de la posible disminución de las corrientes marinas procedentes de zonas tropicales.

6.- Cuando se oye hablar del problema ecológico se activan mecanismos inconscientes orientados a defender nuestro estilo de vida actual. El ecologismo cuestiona nuestro confortable estilo de vida. ¿Por qué optamos por coger el coche y no el transporte público?. ¿Por qué gastamos tanta agua en nuestra higiene? ¿Por qué necesitamos tantas cosas para vivir?. Se percibe el ecologismo como una amenaza a nuestro bienestar actual, ya que toca el punto del consumo inútil que los ciudadanos de los países ricos realizamos. En definitiva, estamos cautivados por ese modelo de vida que, insostenible a largo plazo y no generalizable, ignora a la mayoría de la humanidad que no llega a un sueldo decente.

2. ¿Cuáles son las características del ecologismo?.
Cada movimiento ecologista tiene su peculiaridad, pero todos ellos tienen en común las siguientes notas:

1. Ecología y ciencia, juntas pero no revueltas.
No se puede negar la relación que existe entre la ciencia, la técnica, y la ecología; éste última necesita de las anteriores para poder mostrar y demostrar los efectos que las técnicas usadas por el hombre tienen sobre la naturaleza; también usa a la misma ciencia para oponerse a muchas cuestiones que genera la misma ciencia. Parece una incongruencia pero no lo es, ya que las ciencias tienen una visión parcial de la realidad, las industrias químicas se ocupan de generar beneficios pero no se preocupan de sus residuos; el ecologismo tiene o busca un conocimiento más holístico de la realidad, no tan parcial como hacen las ciencias que no tienen en cuenta la visión total del mundo.

2. Miran por lo cercano, pero buscan soluciones globales.
Los movimientos ecologistas casi siempre han partido de la preocupación por lo cercano, pero están interconectados entre sí, aprovechan el mundo globalizado actual. Pese a mirar por lo concreto, no son ilusos, saben y luchan por soluciones globales, de nada sirve defender mi parcela si las de al lado no están bien, ya que a la larga me van a perjudicar, el movimiento ecologista es localista en la defensa del espacio, pero a la vez es globalista en la gestión del tiempo.

3. El tiempo se mide desde el futuro.
Los movimientos ecologistas miden el tiempo en generaciones, postulando un concepto de derecho que sobrepasa al individuo, midiendo nuestra vida según la vida de nuestros hijos y de las generaciones futuras. Pongamos un ejemplo: los peregrinos que viajaban a Compostela en el Siglo XV, sólo necesitaban cubrirse la cabeza durante un 20% del camino, el resto del mismo, transcurría entre bosques o pinares, hay en día, la proporción es la contraria, sólo un 20 % del camino está cubierto. Los ecologistas se plantean ¿Es justo que mis nietos no conozcan ese bosque?. Desde esta mentalidad Bruntland en 1987 define el concepto de “sostenibilidad” del desarrollo, llamado también desarrollo sostenible, éste consiste en “...asegurar un desarrollo que satisfaga las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones por satisfacer las propias”.
4. El hombre, uno más en la naturaleza.
El ecologismo se caracteriza por integrar a la especie humana en la naturaleza, en equilibrio con ella y no colocarla fuera, como si la dominase. Una naturaleza empobrecida también empobrece la especie humana, de tal modo que para defender la vida humana también hay que defender a toda la biosfera. Esta característica era bien conocida por los pueblos primitivos que tenían el conocimiento de que su vida dependía de la buena relación con la naturaleza y por este motivo la usaban, pero la respetaban.

5. El uso de los medios de comunicación y la globalización.
El ecologismo se ha adaptado muy bien a la sociedad de los mass-media, los ha usado tanto para ayudar a conocer los problemas lejanos, como para lograr que este conocimiento se divulgue tanto como sea posible. Algunos movimientos, como Greenpeace, han utilizado tácticas como “l’action exemplare” para sensibilizar a la gente. ¿Quién no recuerda las imágenes de abordajes de barcos por parte de militantes de esta organización?. Siempre se trata de realizar un acto espectacular que sea recogido por los medios de comunicación y que provoque en el gran público una reacción y un posterior debate público.

6. No existe la ecología sin la justicia.
En los últimos años del siglo XX, el ecologismo ha ido participando de la preocupación por el problema de la justicia mundial. No en vano han sido las minorías y los países más pobres, los más afectados por los problemas ecológicos. Así, algunos ya prefieren hablar de Justicia medioambiental, término que deja a un lado los rasgos más estéticos, que tuvieron los primeros movimientos ecologistas de los países ricos, para unir el problema de la distribución de recursos y el problema de la degradación medioambiental, ya que en la práctica se dan a la vez en muchos países. Cada vez son más los países pobres y las minorías que sufren la degradación de sus “hábitats”. Así, la Justicia medioambiental se preocupa por la igualdad, pero incorpora el respeto a la diferencia y a la preocupación ecológica. Ya desde el famoso Informe Brundtland (1987) hasta la Conferencia de Río (1992) el tema del desarrollo de los países se muestra muy relacionado con el problema medioambiental.

7. ¿La cultura ecológica contra la cultura industrial (consumismo)?.
A menudo el ecologismo habla de la existencia de dos culturas o dos paradigmas: la cultura del industrialismo y la cultura ecológica. Las dos culturas suponen diferentes priorizaciones de valores. El industrialismo considera la naturaleza como una fuente ilimitada de recursos y considera al ser humano como el amo y el explotador de la naturaleza. Los valores del industrialismo son el consumismo, la cantidad, la productividad, el corto plazo, el crecimiento lineal y el optimismo sobre el futuro. El ecologismo se caracterizaría por considerar la naturaleza como fuente de recursos, pero limitados, considera al hombre como un elemento de la naturaleza, que debe gestionar esta naturaleza, respetando sus ciclos. Los valores del ecologismo serían respeto a la naturaleza, calidad, sostenibilidad, largo plazo, límites e importancia del ciclo.
8. Ecocentrismo o antropocentrismo ecológico.
Dentro del ecologismo existen dos líneas bastante diferenciadas cuando se extreman: el ecologismo antropocéntrico y el radical o ecocéntrico. El ecologismo antropocéntrico afirma que hay que respetar el medio ambiente porque es necesario para el desarrollo de la vida humana y una vida de calidad para todos los hombres y mujeres del planeta. El ecologismo ecocéntrico o radical sitúa en el centro a la naturaleza y no a la especie humana, lo importante es la vida sobre la Tierra y no la especie humana.
 3. El ecologismo y la necesidad de una ética global.
El ecologismo no propugna el retorno a una naturaleza virgen, tampoco el que no se manipule a la misma para solucionar los problemas o favorecer la vida del hombre. Tampoco niega los beneficios que la ciencia y la técnica han proporcionado a la humanidad, el problema se plantea cuando se atraviesa el umbral a partir del cual, las consecuencias negativas de la tecnología sobrepasan a las positivas. Ciertamente que la tecnología es la responsable de los daños ecológicos, pero también se pueden idear técnicas para prevenir e incluso regenerar la naturaleza.
“Poderoso caballero es Don Dinero…” decía Cervantes en el Quijote, y las tareas de restauración y prevención son demasiado costosas, la pregunta ética es ¿quién debe pagar los gastos: el contaminador o el consumidor del producto?. En el fondo todo lo que hemos planteado hasta ahora son medidas de carácter o técnico o jurídico, que no exigen modificar los valores de la humanidad; no hay que infravalorar las medidas que se hacen de reciclado, pero por mucho que reciclemos no conseguiremos restaurar lo ya dañado, a lo sumo conservar lo que nos queda. La raíz del problema está en luchar por un cambio de mentalidad, un cambio profundo del sistema de valores imperante, que nos permita pasar de una sociedad consumista a una sociedad del “suficiente” y es aquí donde más pueden hacer los movimientos cristianos.
A menudo los problemas ecológicos escapan de las fronteras de nuestros países, y por tanto son problemas que piden soluciones globales, legislaciones de ámbito mundial y no ligadas a determinados territorios o países. En un mundo globalizado se ve la inutilidad de legislaciones locales o territoriales, ya que los problemas no conocen las fronteras artificiales entre países, por ejemplo muchas empresas se van de determinados países huyendo de legislaciones rigoristas en el tema ecológico y buscando países más permisivos.
Hay muchos países (y la propia UE) que han empezado a legislar sobre ecología, pero a menudo faltan medios para seguir su cumplimiento, o las sanciones son tan poco significativas, que algunas industrias prefieren pagar multas. En el ámbito mundial se han dado muchas conferencias en las cuales se han buscado acuerdos entre todos los países, haciendo declaraciones, algunas de buenas intenciones, que posteriormente los países no han puesto en su práctica legislativa. Una de las más significativas ha sido la Conferencia de Río, en 1992. En los acuerdos sobre cuestiones concretas, podríamos citar uno que hasta ahora ha sido uno de los pocos éxitos mundiales en materia ecológica, el acuerdo de Montreal de 1987 que ha logrado que entre 1987 y 2000 se haya reducido la emisión de clorfluorocarbonos en un 70%. La otra cara de la moneda ha sido el poco grado de cumplimiento del Protocolo de Kyoto (1997) para reducir la emisión de gases que provocan el efecto invernadero (el calentamiento del planeta). El acuerdo fue muy difícil, ya que los países en vías de desarrollo se consideraron perjudicados en relación a los países más industrializados. Para los ecologistas el acuerdo era demasiado de mínimos, ya que las reducciones anunciadas de hecho se verían fácilmente compensadas por el crecimiento y desarrollo de las nuevas economías, sobre todo China y la India. Además, algunos de los países que más contribuyen a la emisión de gases contaminantes no lo firmaron, como es el caso de Estados Unidos. A pesar de esto, aunque faltarían más acuerdos mundiales en el tema ecológico, sobre todo falta voluntad política para traducirlos en leyes.
 4. Dilema: cambio de paradigma o no hacer nada.
La postura de algunos pasa por la no solidaridad con las futuras generaciones, por no tomarse muy seriamente el problema o simplemente por posponer la solución. Desconocemos si la ciencia del futuro podrá reparar les consecuencias o si el planeta Tierra, como dicen algunas hipótesis (como la Teoría Gaia), responderá ante la agresión humana, como si ésta fuera un tumor maligno, de crecimiento descontrolado. Así, la Tierra pasaría a eliminar a la especie humana o a disminuir su población mediante epidemias, catástrofes... Puede haber muchas vidas humanas en juego si no se afronta el problema ecológico, y no siempre serán aquéllos que tienen más medios quienes se salvarán, sino posiblemente los genéticamente más dotados. Por ejemplo, algunos científicos postulan que la raza blanca, por su déficit de melanina, está condenada a su desaparición si se da un aumento considerable de ultravioleta, como consecuencia de la destrucción de la capa de ozono.
Comparto la convicción que para afrontar el problema ecológico no podemos esperar un cambio repentino de mentalidad de la gente, sino que hace falta ir sensibilizando, ir creando espacios de acuerdos mundiales sobre medidas ecológicas, ir aplicando medidas parciales dirigidas no sólo a remediar el “final de tubería” sino que creen un clima favorable para poder hacer una transición hacia una economía más respetuosa con el medio ambiente. La dificultad es que esta nueva economía que vamos construyendo tiene que basarse en su aplicación global, y por lo tanto no sólo tiene que enfrentarse al problema ecológico sino también al problema de la pobreza, o, dicho de otro modo, al problema de la desigualdad mundial. Si se cree que se puede construir una economía ecológica sólo para los países ricos, no sé cómo los aislará del ámbito común del planeta Tierra que compartimos todos. ¿O quizás se piensa en una emigración de unos elegidos a un nuevo planeta?.

SEGUNDA PARTE.
1.- Los movimientos ecologistas acusan a los cristianos.

A muchos le puede asombrar este titulo, pero cada vez más pensadores ecologistas afirman que la fe cristiana es la causante de la crisis ecológica; estos autores ven que la raíz del desastre se encuentra en el mandato bíblico de “dominad la tierra” y esto es porque el cristianismo es la religión más antropocéntrica que existe, ya que ha establecido un dualismo entre el hombre y la naturaleza, llegando a argumentar que “es la voluntad de Dios que el hombre explote a la naturaleza en provecho propio” (Lynn White).
La tesis de que el mandato bíblico es responsable de la crisis ecológica es muy discutible y, de hecho, está siendo discutida, al igual que la famosa teoría de Max Weber sobre las raíces calvinistas del capitalismo. Dado que la supuesta concepción antropocéntrica del mundo, atribuida a la Biblia, tiene más de tres mil años y la civilización industrial tiene escasamente trescientos, parece razonable suponer que han influido otros factores ajenos a Biblia, pongamos un simple ejemplo: Descartes estableció un dualismo entre el hombre y la naturaleza, atribuyendo al hombre “la cosa pensante” el uso y abuso de la “cosa mecánica”, la naturaleza, puesta al servicio exclusivo del hombre.

No nos interesa tanto entrar en polémica, sino aclarar le sentido del mandato del Génesis, para así poder hacer frente a la polémica.
2.- La cuestión de Gen 1
La frase de Génesis 1,28 suele traducirse como: “multiplicaos, llenad la tierra y dominadla”. El verbo hebreo kabash significa poner el pie, y tiene la misma ambigüedad en hebreo que en castellano: puede referirse a poblar o habitar, y también puede significar hollar, dominar de forma humillante.
En el primer caso, dominar la tierra significa simplemente habitarla, y a eso parece aludir el verbo anterior: henchid la tierra. Esta traducción se ve confirmada por una frase del Deuteroisaías (otro autor bíblico emparentado con el de Gen 1 por la enseñanza sobre la creación): “el Creador del cielo, modeló la tierra y no la creó vacía sino que la formó habitable” (Is 45, 18). En el Génesis esta enseñanza incluiría un reconocimiento de que la tierra no siempre ha sido habitable, o que Dios, al dar la tierra, al hombre deja un margen de indeterminación para que aquél se la configure como quiera. Pero el hombre ha elegido un modo de configurarla que va contra él y contra la tierra. Quizá es aquí donde se comprende la prohibición de comer del árbol de la experiencia del bien y del mal.
En el segundo caso, la segunda traducción posible de kabash. En este segundo caso se justificarían las acusaciones contra el judeocristianismo. Pero, para entender así el verbo hebreo habría que sacarlo de contexto, y aislarlo no sólo del mandato de habitar la tierra sino de todo lo que dice el capítulo 2 del Génesis, el cual procede de un autor distinto, y es mucho más optimista en cuanto a la tierra. O mejor dicho: Gen 2 no habla de la tierra en general, sino del Jardín del Paraíso: su autor escribe que Dios puso al hombre en su jardín no para dominarlo sino “para guardarlo y cultivarlo”. Su lenguaje es más suave que el del capítulo 1; pero es porque el autor de ese primer capítulo no presuponía que toda la tierra sea un paraíso sin más. La misión del hombre sería, por tanto, respetar y cultivar la tierra que es habitable, y hacer habitable la que no lo es. Además, si la mujer y el hombre han sido hechos a imagen de Dios, quiere decir que han sido creados para ejercitar con las demás criaturas las virtudes que distinguen a Dios
En conclusión: si una parte de Occidente ha entendido el Génesis en el segundo sentido, eso es cosa de Occidente y no de la Biblia: de hecho, el Oriente cristiano no lo entendió así. Y esta sospecha se refuerza si no tomamos el versículo de Génesis como un texto aislado, sino que lo consideramos en el conjunto del mensaje bíblico sobre la tierra. Veamos este segundo paso.

 3.- La mentalidad del Antiguo Testamento.
Lo primero que hay que decir de la mentalidad veterotestamentaria, es que para nada es antropocéntrica, es teocéntrica. Ni siquiera en el relato de la creación, el hombre no ocupa ni siquiera un día, el mismo día que Dios crea a la mujer y al hombre, crea a los animales que se arrastran y a las bestias salvajes.
La interpretación dada de la expresión “dominad la tierra” se ve confirmada por la concepción veterotestamentaria sobre ésta: la tierra no es del hombre, sino de Dios: “Del Señor es la tierra y toda su plenitud”. El ser humano ha recibido la tierra pero es responsable de ella ante su Creador y dueño. De ahí la imposibilidad de enajenarla y la institución del año sabático para que las tierras volvieran a sus dueños originales. De ahí la práctica del descanso de la tierra cada siete años, que es todo lo contrario de nuestros cultivos intensivos que agostan la tierra: “no venderéis para siempre la tierra, porque la tierra es mía y vosotros sois advenedizos y colonos míos” (Lev 25,23).
La tierra, pues, no es del hombre y éste es responsable de ella ante Dios. La ha recibido como un regalo (“el cielo pertenece al Señor, la tierra se la ha dado a los hombres”: salmo 113). Regalo semejante en cierto sentido a los talentos de la parábola evangélica, de los cuales hay que dar cuenta.
En contraposición a esa obsesión por “esquilmar la tierra”, uno de los grandes amantes de ésta, y predecesor de los ecologismos actuales, Teilhard de Chardin, en su himno a la materia, habla de “abrazar castamente la tierra". El problema hoy reside en que todo lo que suene a casto nos suena a estúpido. A la mentalidad "ilustrada" sobre el progreso le resulta inconcebible la idea de que de los regalos de Dios hay que sacar “lo justo”. Idea presente también en el A.T., en la narración del maná en el desierto.El que Dios diera la tierra de Canaán a su pueblo era como una parábola de que Él da el planeta tierra a la humanidad, y para los mismos fines. Si el hombre se cargara ese regalo, él sería el único o el más perjudicado.
De esta doble reflexión sobre el Antiguo Testamento podemos extraer un par de conclusiones:
a) No es a la mentalidad bíblica sino al individualismo moderno y a la concepción romana de la propiedad como “ius utendi et abutendi” (derecho de usar y abusar), a quien habría que culpar del problema ecológico.
b) La parte que pueda tener en ello el judeocristianismo se reduce a que, con él, se produce un desencantamiento del mundo: para la mentalidad bíblica no hay astros sagrados ni “vacas sagradas”; lo sagrado es el ser humano o, con la conocida frase de Jesús, lo sagrado (el sábado) “ha sido hecho para el hombre”. Aquí están en germen tanto la posibilidad del progreso humano sobre la tierra, como la afirmación bíblica de que el hombre ha abusado de esa posibilidad. Pero la solución no deberíamos buscarla en un nuevo reencantamiento del mundo, sino en recobrar el carácter de regalo que tiene la tierra para los seres humanos. Y quizá también en avisar de que, si se pierde el sentido que da Dios a la vida, será normal que se busque darle un nuevo sentido en la autodivinización del hombre: en el progreso material, en el dominio técnico de la naturaleza, el cual pasará de ser obediencia a un encargo divino (que tiene su marco) a ser decisión y voluntad total de los humanos.
En todo caso, una cierta “sacralización” de la tierra podríamos deducirla, más que del Antiguo, del Nuevo Testamento y la cristología. Como ya escribía Máximo el Confesor en el S. VII “El hombre ha querido apoderarse de las cosas de Dios sin Dios, antes que Dios y no según Dios, y actuando así entregó a la naturaleza entera como una presa a la muerte”.

4.- El universo en el Nuevo Testamento.
Hasta ahora hemos hablado de la tierra como creación de Dios. Pero además, por la encarnación de la “Palabra” Divina, toda la creación y toda la materia han quedado santificadas, y llamadas a participar del destino divino del ser humano. La resurrección corporal de Jesús y la eucaristía jugarán aquí un papel importante.
La Resurrección de Cristo orienta muchas reflexiones del Nuevo Testamento: la creación comparte el destino del hombre (Rom 8,19) y el universo en su totalidad está cristificado (Efesios y Colosenses). Jesucristo es cabeza “de la totalidad”, no sólo del género humano. “Todas las cosas han sido recapituladas en Cristo” (Ef 1,14) y “todas tienen su consistencia en Él” (Col 1,17)...
Esta enseñanza, que plantea muchas preguntas cuando se piensa en la posibilidad de otros mundos habitados, es ahora garantía de la inviolabilidad de nuestra tierra. También de ella vale, en algún sentido, la afirmación de Mateo 25: a Mí me hicisteis lo que habéis hecho a la creación, pues ésta aguarda también “la revelación de los hijos de Dios” y está ahora “sometida a la frustración, no por ella misma sino por alguien que la sometió”, y que no puede ser más que el ser humano (Rom 8,19ss).
Por lo que hace a la Eucaristía, no es sólo un sacramento de comunión interhumana y con Dios, a partir de lo que significan los gestos del pan y del vino. Es también una divinización de la materia, tal como cantaba Teilhard en su célebre Misa sobre el mundo: toda la materia destinada a ser transubstanciada en cuerpo de Cristo. De todos esos textos el que más influjo tuvo en la primera teología fue el de la carta a los Efesios: “recapitulación de todo el universo en Cristo”. San Ireneo, que fue quien más elaboró el concepto paulino ya en el siglo II, habla de recapitulación “en” Cristo o “hacia” Cristo.
De esta panorámica parece deducirse una dignidad cristológica de la tierra que debe marcar las relaciones del hombre con ella. No se trata sólo de que podamos especular sobre el futuro, en el sentido de que lo que llamamos “el cielo” no es sólo el cielo sino “los nuevos cielos y la nueva tierra”. Se trata además del presente: aunque el hombre es señor de la tierra no puede relacionarse con ella de acuerdo con la noción romana de propiedad antes evocada.

5.- ¿A la naturaleza también le afecta la redención?.
De la visión del paraíso a como está la tierra actualmente hay un abismo, no podemos decir como dice el texto de Gn 1, 31 “…y he aquí que todo estaba muy bien”, casi nos acercamos más a la visión del Gn 6,12 cuando la acción del hombre ya se hacía ver en la tierra “Dios miró a la tierra, y he aquí que estaba viciada, porque toda carne tenía una conducta viciosa sobre la tierra”.
Desde una perspectiva de desgracia, como desde una perspectiva de salvación, el destino del hombre y del mundo se encuentran unidos; no es la naturaleza la que se encuentra enferma, sino el hombre, la naturaleza ha enfermado a causa del hombre, como resultado de la grave enfermedad del mismo. Desde este punto de vista es desde donde se puede entender el texto de Rom 8, 19-21 “la creación otea impaciente la revelación de los hijos de Dios; porque, aun sometida a la decadencia (no por su gusto, sino por aquel que la sometió), abriga una esperanza: que será liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios”-
En efecto cuando los hombres pecaron, arrastraron a la creación en su caída Gn 3, 17-18; pero por la misma razón, la arrastrarán en su salvación Ez 36,8-12. El hombre no puede salvarse sin la creación, ni la creación sin el hombre; por eso Dios prometió un cielo nuevo y una tierra nueva 2 Pe 3, 13. Los profetas ya anunciaron que la naturaleza participaría de la fiesta de la liberación definitiva. El Salmo 114 habla de montes que brincarán como carneros, el segundo Isaías menciona a montes y colinas que gritarán de júbilo o de árboles que batirán palmas. Por no olvidar el famoso texto de Isaías 11, en el que la paz mesiánica incluye la armonía del hombre con el mundo animal, donde el lobo y el cordero pacerán juntos, pastoreados por un niño pequeño.

Hasta aquí este artículo. Las imágenes han sido bajadas todas de internet y con ellas he tratado de reforzar el texto y sugerir nuevas pistas de reflexión.
Caben muchas cuestiones todavía, especialmente prácticas, tanto a nivel personal como socio-ambiental e institucional, que nos lleve a REORIENTAR nuestras actitudes (desde los más grandes de la casa hasta los más pequeños: todos somos RESPONSABLES), cada cual sabe dónde le aprieta el zapato y lo que puede hacer o no al respecto, así que me voy a limitar a dejarles con una última imagen que habla de "cuestiones tan de andar por casa" para ir haciendo camino como esto: