domingo, 1 de julio de 2018

Tomates y otras pesadillas de verano

Vaya uno donde vaya... acabamos encontrándonos con los mismos tomates, la misma fruta, hortalizas, con los mismos insípidos sabores,... en los hipermercados.
¿Es casualidad?. ¿Qué estamos comiendo?, ¿qué hay detrás de esto?. Pues bien, para retomar el contacto con la realidad y recordar el funcionamiento básico de la naturaleza, que no es poco, va este artículo.

En agosto nunca ha habido alcachofas.

Las alcachofas nunca han madurado en verano, como tampoco las berenjenas, el brécol o el cardo. Y por lo mismo el tomate nunca ha madurado en el mes febrero, ni siquiera en la zona del Mediterráneo, ni tampoco en los afortunados tiempos de nuestros abuelos.
Y ya que hablamos del tomate, vale la pena detenerse en él.
El tomate, como la berenjena, forma parte de la familia de las solanáceas y procede de Sudamérica. En su origen era una planta habituada tan sólo a los climas cálidos y húmedos durante todo el año. Para que crezca bien, necesita una temperatura de 15° C por la noche y 25° C durante el día. El tomate muere por debajo de los 2° C mientras que la berenjena deja de crecer por debajo de los 12° C.
Y eso no es todo: el tomate necesita una exposición al sol muy prolongada. Sólo en esas condiciones pueden obtenerse buenos tomates. Pero, de todos modos, hay que tener paciencia: se necesitan de cinco a seis meses entre el sembrado y la primera cosecha.


Los tomates de nuestros abuelos.

Por lo tanto, está claro que los tomates de otras épocas eran mucho mejores que los que actualmente pueden encontrarse en el supermercado. Y ni siquiera había siempre, porque la temporada entonces era corta. Se disfrutaban sólo unas cuantas semanas, eran unos tomates dulces, jugosos, que se deshacían en la boca y cargados de nutrientes (en especial vitaminas y fitonutrientes, como el licopeno).
Las variedades suculentas de otra época se pudrían tan rápido que había que comérselas prácticamente en el mismo día que se habían cogido; nunca se hubieran podido transportar en camión ni distribuirse en supermercados. Pero como tampoco podían comerse todos de golpe porque había demasiados, para no malgastarlos se ponían a secar o en conserva.
Nadie esperaba encontrar tomates buenos en los mercados durante todo el año. Hoy en día los invernaderos climatizados e iluminados permiten que haya tomates de enero a diciembre.
Pero a partir del momento en el que forzamos la naturaleza, sembrando tomates en invernaderos climatizados e iluminados con electricidad, ya poco importa que nos encontremos en Holanda o en Sicilia; en Cádiz o en Alemania: los tomates van a dejar de tener el sabor y la textura deliciosos de los que crecían sólo cuando debían hacerlo, por no hablar de las menores concentraciones de vitaminas y fitonutrientes.
Por lo tanto, no podemos reprochar a los sicilianos que no produzcan tomates buenos en invierno. Ahora sí hay, pero la isla está llena de turistas y la producción local de tomates no llega para todos, por lo que los tomates a la venta no son los de la huerta, sino los que se producen en masa.
Por esta razón, todos aquéllos que puedan deberían cultivar su propio huerto y producir sus propios tomates. En el fondo, es la única manera segura de tener unos tomates buenos.

Una anécdota extraordinaria en cuanto a los tomates de invernadero.

Los ingenieros agrónomos que desarrollaron los cultivos de tomates en invernadero, y en particular los cultivos sin sol, se dieron cuenta de que el rendimiento de los cultivos depende de la buena gestación de los tomates, es decir, de la buena formación de los frutos justo después de la flor.
Cuantos más frutos se formen al inicio, más tomates habrá al final. Pero ¿de qué depende la gestación?. De la polinización: cuanto mejor se fecundan los tomates, más frutos se forman, lo que parece bastante evidente.
Pero ahí es donde nos adentramos en el terreno de la ciencia ficción.
Y es que para favorecer la polinización en los invernaderos, los ingenieros han puesto en marcha métodos sofisticados, que permiten que las flores vibren y así se favorece la dispersión del polen. Y por eso han inventado unos vibradores eléctricos y sistemas de ventilación forzada... hasta que uno de ellos, hace poco, descubrió un método “nuevo”, que ha suplantado a todos los demás y es… ¡el abejorro!
Los ingenieros han “descubierto” que los abejorros que liban las flores son más eficaces que los métodos mecánicos. Pero se han encontrado con un problema adicional, y es que este método obliga a reducir el uso de insecticidas.
A falta de fecundación, la gestación se puede mejorar también tratando las flores mediante hormonas (auxinas).
Así que, después de producir pollos hormonados, ahora también tenemos tomates hormonados... Vivimos en una época siniestra.

El tomate es bueno para la próstata.

El tomate contiene un pigmento que disminuye el riesgo de cáncer de próstata, el licopeno, y que asimilamos mucho mejor cuando hervimos los tomates enteros, con piel y pepitas, ya que la cocción libera los nutrientes al hacer estallar las células vegetales. Si opta por su consumo en crudo, es importante añadir algún tipo de grasa de calidad (aceite de oliva virgen, por ejemplo) ya que el licopeno es liposoluble y requiere de cierto aporte de grasa para mejorar su biodisponibilidad.
El licopeno es un pigmento rojo de la familia de los carotenos que también encontramos en la sandía, la papaya, el pimiento rojo y el pomelo rosa, aunque en una cantidad mucho menor. También es un potente antioxidante.
Se encuentre donde se encuentre de vacaciones, procure consumir las frutas y verduras de temporada y de producción local. Su paladar, y su salud, se lo agradecerán.

¡A su salud!.
Luis Miguel Oliveiras
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Fuentes empleadas por el autor:
  • Chen P, Zhang W, Wang X, Zhao K, Negi DS, Zhuo L, Qi M, Wang X, Zhang X. Lycopene and Risk of Prostate Cancer: A Systematic Review and Meta-Analysis. Medicine (Baltimore). 2015 Aug;94(33):e1260
  • Reyna María Cruz Bojórquez, Javier González Gallego2 y Pilar Sánchez Collado. Propiedades funcionales y beneficios para la salud del licopeno. Nutr. Hosp. vol.28 no.1 Madrid ene./feb. 2013.http://dx.doi.org/10.3305/nh.2013.28.1.6302
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