miércoles, 13 de agosto de 2014

Enamorarse no siempre es amar.

Se llamaba Flavio y era una joven escultural. Vestía sus dieciocho años con escasez y atrevimiento. Sabía del tirón de su cuerpo e intentaba enjaretarme como a un camafeo. Conquistar a un muchacho inexperto era pan comido para aquella chica vivaz. Con mis veintidós años creí que aquella morenaza era el amor de mi vida. Mi cuerpo la retrataba con toda clase de aceleraciones. Enorme era el esfuerzo para no ceder a la gula de devorarla.
Fue mi primer enamoramiento, si así puede llamarse aquella fiebre primera. Veía por sus ojos, la defendía, la valoraba a pesar de su superficialidad. Su coquetería la hacía acortar sus faldas al ritmo que abría sus escotes. Se mostraba segura, atrevida y dominante. Yo le seguía como un pelele embrujado. Pero me resistía a viajar sus valles y colinas con la premura que los hervores de mi cuerpo solicitaban. Al fin y al cabo yo era un joven de principios y los efluvios íntimos debían quedar para después del matrimonio.
Poco a poco me fui dando cuenta que tenía fiebre, fiebre Flavio. Recordé que la responsabilidad y el respeto son previos a toda expresión corporal. Aunque ella desease ser explorada, yo debía ser responsable, respetuoso, humano, no caer en aquel empuje animal que me arrastraba hacia la hembra fácil. Por fin comprendí que aquello no era amor sino pura atracción física, mera necesidad evacuatoria e irracional animalidad.
Después llegó Blanca. Su dulzura azul y su melena rubia me cautivaron desde el primer momento. No sé qué me gustaba más si la suavidad de su voz o su mirada embriagadora. No era jovencísima, ni atrevida, ni escultural, pero embelesaba mis sentidos. Su elegancia, su tono de voz, su melena cuidadosamente peinada, sus tacones, sus selectos adornos, hasta su perfume y su cadencia al andar me cautivaban. Sus caricias y arrullos me hacían flotar como una nube.
Con algunos añitos más y la discreción de Blanca era más fácil mantener el instinto varonil en segundo plano. Mi sensibilidad se sentía confortable, nada en ella chirriaba. Hablábamos del tiempo, del trabajo, de la moda o el cine sin concordancias esenciales, sin más profundidad. Pero aquella golosina me hacía sentirme orgulloso y cómodo. Otra vez me sentí perdidamente enamorado. Ésta sí es -me dije- porque me siento volar cuando la miro, la huelo o la sueño. No tiene nada de buscona y su presencia es suave como una pluma. Es lo más parecido a la princesa de mis fantasías infantiles y juveniles.
Un día leí que el enamoramiento sensible es perecedero, que sólo el amor profundo es durable y éste sólo se da cuando hay admiración de las cualidades profundas del otro. Me pregunté qué cualidades eran las que yo admiraba en Blanca. Las pude nombrar pero, honradamente, tuve que reconocer que eran cualidades periféricas, nada esencial. Más bien yo era como un caracol, egocéntricamente instalado en el caparazón sensible que aquella rubia me proporcionaba. En realidad la deglutía, la saboreaba, la disfrutaba, pero no la admiraba profundamente, es decir, no la amaba. Por eso, subconscientemente, había estado eludiendo hablar de boda.
Como nunca he transigido con la falsedad, el reconocer mi verdad me ayudó a tomar distancia, a darme cuenta que otras muchas mujeres me atraían sensiblemente por el mero hecho de ser femeninas. No quise engañarme y seguí buscando la mujer de mi vida, la que de verdad estuviera creada para mí. Yo aspiraba a un amor sin fecha de caducidad. Eso me ayudó muchísimo a ser paciente y proseguir mi búsqueda por el camino de la soledad. No sin sudor, no sin esfuerzo. Pero crecí en madurez, en reciedumbre, en humanidad.
Cuando menos lo esperaba, vencida ya la treintena y metido en la tensa rutina del tráfico laboral, conocí a Luz Marina. Al principio sólo me llamó la atención su rostro, luminoso como su nombre, sin más adorno que su sonrisa. Vestía correctamente, sin exuberancias ni estridencias; su estatura era normal, su porte discreto y su personalidad sencilla, como si pasase por la vida de puntillas para no molestar a nadie. Las primeras conversaciones me fueron desvelando que tras aquellos ojos claros, de color aceite virgen, se escondía una auténtica mujer y una persona cálida, dialogante, alegre, acogedora y honesta. Nada en ella era mentira, no tenía un atisbo de manipuladora coquetería y su cercanía nunca era provocación. A veces se ocultaba tras una fina gasa de espontánea timidez.
Empecé a sentirme lleno de admiración ante aquella mujer, más joven que yo, pero con un aplomo y serenidad envidiables. Sabía escuchar con atención e interés todos los problemas del mundo, sobre todo las confidencias personales, pero nunca caía en el juicio o la maledicencia. Su intuición y comprensión me sorprendían. Apenas le explicaba algo, ya había captado su trasfondo. Su dulzura y serenidad me calmaban con su sola presencia, siempre próxima, siempre atenta y servicial. Era como un amigo, como un tesoro vivo y femenino. Sin apenas darme cuenta, sin exageradas atracciones físicas ni apasionamientos deslizantes, me encontré un día amando a aquella mujer desde la hondonada de mí ser. Se me había filtrado hasta el fondo, como nieve en un ventisquero. Fue entonces cuando le dije aquel piropo que me nació como un géiser: Quiero que tú seas tú, aunque no sea conmigo. Y aquel otro que hurté a Pedro Salinas: Quisiera sacar de ti tu mejor tú.
Tuve la sensación de estar enamorado de una forma nueva. Sentí que aquello era más que atracción o sensibilidad. Descubrí que había una complementariedad y un camino común que buscar y caminar. Un día me sorprendí confesando: Tú consigues que yo quiera ser mejor y no deje de intentarlo. Después descubrí que había reciprocidad, que aquella mujer estaba anudada a mi alma y compartía mis horizontes interiores. Así que terminé casándome con Luz Marina para toda la vida, seguro de que aquello hondo que yo sentía era amor eterno. Tuve la certeza de que los enamoramientos pasados no habían sido amor, sino pura atracción de la piel, puro sarampión de la sensibilidad, tan fugaz como el fuego fatuo.
Años después me encontré escribiendo: “Invitación al vuelo / fue siempre, en mí para ti, / hondo y perenne deseo. / Contigo trenzar las nubes en lo más alto del cielo. / Hacer nuestra vida juntos brotando en el hijo nuestro. / Perseguir los horizontes al trote de luz y cierzo. / Navegar todos los aires dándonos mutuo aliento. / ¡Esposa y amada mía, enamorada mía y del viento!“.
Jairo del Agua jairoagua@orange.es
(Jairo del Agua es alguien real y esta historia es real; las imágenes, sin embargo, son obtenidas de la red; sólo pretenden acompañar el texto).
PARA LA REFLEXIÓN EN FAMILIA:
  • Tras la lectura de este texto ¿puede afirmarse pues que "enamorarse no siempre es amar"?. ¿Qué hace distinto el "enamorarse" con el "amar" de verdad?.
  • ¿En qué nos hacen pensar esas expresiones de Jairo del Agua que aquí resaltamos en rojo?.
  • Cuando nuestros hijos, ya jóvenes, iniciando su camino en las relaciones de pareja nos dicen "estoy enamorado/a" ¿qué hacemos?, ¿qué diálogo establecemos con ellos al respecto?.
  • ¿Cómo orientar a nuestros hijos en ese proceso de descubrimiento del amor de pareja?
  • ¿Podemos impedir que sufran el desamor o la equivocación aún creyendo que "ese chico" o "esa chica" eran el amor de su vida?. ¿Cómo ayudarles a afrontar los intentos no concluidos de formar esa pareja con la que sueñan?.