martes, 28 de septiembre de 2010

Iglesia... ¿qué Iglesia?

Preguntaba a mis alumnos de 6º de Primaria “¿qué entendían por la palabra IGLESIA?”.


La cuestión fue planteada con la idea de poner sobre el tapete todas las concepciones que cada cual se ha ido haciendo sobre ella a lo largo de sus 11-12 años de edad. Salvo algunos niños y niñas a quienes este término no les decía nada (porque para ellos Dios no existe o porque han tenido una experiencia desilusionante de ella)… el resto me sorprendió por sus respuestas tremendamente positivas (basadas en su experiencia de la misma).


Acabada la clase de Religión me quedé pensando en sus comentarios y el diálogo-debate que luego se derivó de las distintas opiniones expresadas y comprobé cómo esta Iglesia que los “entendidos” disocian y catalogan –según sus propios prejuicios y no según su realidad, todo hay que decirlo- como “integrista o arcaica, inmovilista y tradicional, conservadora” o “progresista, renovadora, más fiel al Evangelio y, por lo tanto, más cercana al ser humano y a los valores evangélicos” no se corresponde con lo que es realmente (los niños dicen lo que ven y en esa sencillez descubren verdades como catedrales) y yo, francamente, prefiero creerles a ellos que a las elucubraciones de tanto iluminado que se cree con la capacidad de juzgar y condenar no sólo hechos y/o apariencias de algunos sino de entrar en las descalificaciones o juicios gratuitos sobre algunas de las personas que forman esta Iglesia.


Jesús llamó a su seguimiento lo necio, lo insignificante… para confundir a los sabios


Lo dijo un conocido, ¿le recuerdan? Cada vez que releo ese texto… y pienso en mí mismo… le doy toda la razón. Aquel hombre tenía un profundo sentido de la humildad; tampoco en todos sus escritos he visto ni una sola expresión de condena a nadie ni de atreverse a juzgar a los demás, siguiendo así fielmente las enseñanzas del Maestro.

Pero ¿qué es lo necio?, ¿qué es lo insignificante? ¿Son los teólogos de una y otra escuela teológica?, ¿son los gnósticos autoidentificados como cristianos?, ¿son los miembros de movimientos cristianos vanguardistas, progresistas, cristianos por el socialismo, etc...? No, ¿verdad?, no se nos ocurriría pensar en ellos; yo, al menos, no creo que lo sean. ¿Cómo van a ser éstos los necios e insignificantes con lo que saben –o creen que saben-? No, nada de eso, los necios e insignificantes son los otros, los que no comparten los análisis de estos grupos (según he podido leer en ecleSALia en más de una ocasión).

Pablo se refería no a algo estúpido -o con las connotaciones que hoy le damos a esos términos- sino a aquello o aquéllos que en su pequeñez, en su sencillez viviesen enamorados de Cristo y a Él se entregaran por entero sin buscar hacerle el juego al sistema, sin entrar en diatribas contra nadie, sin apologías o demagogias,… pero viviendo intensamente sus propia fe con la simpleza e ingenuidad candorosa de quien todo lo cree por Él y en todo se confía en Él porque se siente con Él como un niño con su padre/madre.

Quien vive así… no se entretiene en juzgar ni en condenar a nadie; sencillamente vive y es coherente en esa vida, no excluye a nadie quizás porque no se cree superior a nadie, puede que sea porque –como Pablo- se siente como el último, humilde y sencillo que ha entendido que “no es a él a quien le corresponde segar la cosecha y separar el trigo de la cizaña”.

Pues bien, mis alumnos de 6º de Religión… me dieron a entender que “captaron esto perfectamente” porque al hablar de sus concepciones de la Iglesia me hablaron de personas y de palabras que en medios “muy progresistas” y demás, se tacharían de todo menos de reconocer que son tan iglesia como el que MÁS. Me hablaron de personas, hechos y actitudes por ellos y ellas observadas que muestran muy a las claras “como Dios llega al corazón de todos a través de lo que puede ser decepcionante a todas luces para otros”.

¿Es esto un misterio? No, yo no le llamo “misterio” (ya hay bastantes y de mayor calado para que vaya yo ahora a incluir otro más). Yo le llamo a esto “mirar la realidad con ojos limpios”, observar la vida desde ella misma, no desde los propios pre-juicios. Estos niños y niñas dejarían confundidos a muchos sabiondos y no sería, precisamente, por sus apabullantes argumentos teológicos, sociológicos, filosóficos ni antropológicos…. sino por la contundencia incontestable de lo que ellos constatan a diario.


Somos todos como nuestro propio cuerpo


También es del amigo Pablo esa comparación y es acertada porque… así es esta Iglesia en la que no sobra nadie, ni siquiera los curas carcas, ni algunos obispos (los “purpurados” que dicen algunos), ni los niños que quieren que no repriman su derecho a expresar su fe haciendo un belén en su colegio que, dicho sea de paso, es más de ellos que de los profesores que trabajan allí porque son sus familias quienes lo pagan y no la directiva de turno de ese colegio,… ni tampoco sobra el militante de partidos “no-progresistas” (como si fueran realmente “progresistas” los que se autodenominan como tales) que profese la fe cristiana...

¿Le sobró a Jesús alguno de los apóstoles que decidieron dejarlo todo para seguirle? ¿Recibió Pedro la condena y reprimenda del siglo por negarle tres veces antes de cantar el gallo?, ¿cómo le miraría Jesús para que rompiera a llorar como lo hizo?... yo juraría que aquella mirada debió ser la más tierna y amable que jamás aquel rudo pescador pudo haber recibido; lo sé porque en mi ejercicio docente… sé que es ese tipo de miradas las que mejor reacción produce en los niños y niñas, aún en las peores catástrofes.

No, no sobró nunca nadie; tampoco hoy sobra nadie… ni sobrará, aunque el mundo viva su cristianismo, su adhesión a Cristo de manera incomprensible para los demás. ¿Por qué pues nosotros sí perdemos el tiempo en juzgar y condenar?

A esto sólo le encuentro una explicación: no hay verdadero amor en nosotros, no creemos que de verdad Él está presente en cada hermano, en todos, por favor, en todos, entendámoslo bien y de una vez. Dios es amor y si eso lo fuera de verdad para nosotros… también nosotros seríamos amor para todos sin ninguna exclusión. Quien ama… no juzga ni condena. Quien ama no cataloga ni encasilla ni se autocataloga ni autoencasilla.


Estamos llamados a ser la Trinidad entre los hombres y mujeres de nuestro mundo


Si hay en nosotros amor de verdad… irradiaremos amor: no podemos rezar el Padrenuestro si no podemos llamar “HERMANO” al de derechas y al de izquierdas, al conservador y al progresista, al de aquí y al de allá, al españolista y al independentista, al que habla castellano y al que habla cualquier otro idioma,… por igual,… porque “para Dios no hay ya esclavo ni libre” en esta Iglesia sino que todos y todas gozamos de la misma dignidad humana que está basada nada más ni nada menos que en ser imagen y semejanza de Dios. (Y en eso está toda la humanidad, dicho sea de paso). La diversidad no sólo no es mal alguno sino que es algo connatural, es una riqueza y no un problema. (El único problema es la intolerancia que practicamos con aquéllos a los que tachamos de lo que somos nosotros, proyectándonos en ellos, creyéndonos mejores que ellos).

Si nos fijamos en la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y en sus relaciones y cómo habla de ella la Biblia –no hace falta ni siquiera acudir a tratado teológico alguno sobre este tema, basta sólo la Biblia, como si ella fuera poco- nos daremos cuenta de que nuestra dignidad humana se fundamenta no sólo en los atributos de Dios sino también en las particularidades de esta Trinidad; estamos llamados a vivir en comunidad al estilo de la Trinidad: amor, donación mutua, identificación con el otro (a pesar de las diferencias), búsqueda del bien común (común a todos, no sólo el de unos ignorando el del resto),… ¿hacen falta más “detalles”?

¿Es así la Iglesia que queremos construir?,… o ¿qué Iglesia queremos hacer si no es ésta? ¿Es ésta la Iglesia que estamos haciendo con nuestros atrincheramientos, descalificaciones, exclusiones y demás?… o ¿estamos depositando en sus cimientos la dinamita que la acabará desintegrando?


Conclusiones


Con razón me decían unos abuelos de mi pueblo natal cuando yo rondaba los 8 años: “Mira, Danielico, lo más importante de todo es que no hagas mal a nadie, ni siquiera con el pensamiento, y hagas todo el bien que puedas a quien puedas”.

Ninguno de ellos sabía siquiera leer; “sólo” iban a Misa los domingos y solían rezar el rosario los sábados por la tarde en la parroquia del pueblo (sólo había y hay una); no habían leído en su vida un solo libro de Teología ni tampoco se las daban de sabios…; no eran franquistas ni antifranquistas, ellos no sabían de estas fronteras que nos hemos inventado para justificar nuestra negación a mirar al otro con ojos limpios y verle como HIJO de Dios y hermano nuestro (ya habían vivido el absurdo de una guerra civil que rompió familias y generó un enorme dolor que algunos ahora se empeñan en resucitar apelando a la “memoria histórica” cuando no fue otra cosa que “la peor de las aberraciones humanas” de la que sólo vale la pena saber “qué no debemos volver a repetir: ni en sus causas que la provocaron, ni en su desarrollo ni en sus consecuencias”… porque en ella todos y todas perdimos y nadie ganó; todos nuestros políticos debieran haber enterrado ya lo que ni siquiera vivieron –como así parecía en aquel consenso de 1978- y mirar hacia el futuro de una vez por todas).

Iglesia… sí, la de Jesús, la que no excluyó a nadie y la que desde lo sencillo, lo humilde y necio… pero con la presencia del Espíritu de Dios que la hacía vivir como tal, aún a pesar de las diferencias o discrepancias; la que no excluye ni demoniza a nadie, la que es capaz de pronunciar la palabra hermano con la más absoluta naturalidad a todo ser humano sean cuales sean sus circunstancias ambientales y/o personales. En ésa sí cabemos todos y todas y a ésa me apunto yo, no a la de los nuevos fundamentalistas que tratando de ridiculizar posturas de otros miembros de la Iglesia y reclamando fidelidad al Evangelio caen en las mismísimas acusaciones que vierten sobre los demás.

¿Es tan difícil concluir en que “aquí no sobra nadie” y que otra Iglesia es posible si dejamos de excluir al resto? ¿Es tan difícil entender que esta comunidad que es la Iglesia (eso significa, precisamente, esta palabra) necesita ser construída entre todos y todas? ¿Es tan difícil comprender que no somos competidores unos de otros sino que todos somos complementarios y que de todos podemos aprender a poco que tengamos algo más de humildad? ¿Es tan difícil darnos cuenta de que la autosuficiencia que ya tentó a Adán en el mito del paraíso es la que nos está llevando a no ver en el otro a Dios mismo? ¿Es tan difícil reconocer la esencia misma de nuestro ser personal y comunitario a imagen y semejanza de Dios?.

¡Un abrazo!.
Paz y bien.